viernes, 21 de enero de 2011

Ese momento


Odio ese momento en que pienso en las cosas como fueron alguna vez y jamás volverán a ser. Pensar que una relación de cualquier tipo con otra persona tendría que ser de determinada manera, pero teniendo siempre bien presente que nunca van a ser así y tampoco serán lo que ya fueron. Es irritante ese momento, es uno de los peores del día o la semana. Porque me pone a buscar respuestas a preguntas nunca hechas y a sacar conclusiones para caer finalmente en la cuenta de que las cosas son como son porque sí. Y punto.
Sin embargo, me niego rotundamente a aceptar esta afirmación. Todo tiene un motivo. El problema es que a veces lo encuentro y a veces no. Y cuánto más tardo en encontrar ese por qué, más afanosamente lo busco. Odio ese momento porque me recuerda lo estúpido que soy para el mundo en el que vivo, donde muchos prefieren aceptar que las cosas son así y luego se verá a donde va a parar todo.
Pero ese momento me sigue llegando una y otra vez.

lunes, 3 de enero de 2011

El Pibe



Ya no recuerdo cuál era el motivo de reunión. Sólo éramos amigos y tipos que nos conocíamos de algún otro jolgorio similar. Estábamos en la casa del primo de alguien bebiendo, fumando y hablando acerca de todo como si supiésemos algo, mientras un muchacho de gafas oscuras acompañaba con la guitarra a un cantante.
Creo que tocaban algo similar al reggae, con un estilo muy personal y mucho talento. Yo no conocía a ninguno de los dos, pero alguno de mis allegados sí. Vi que Carlos se acercó al centro de la mesa y le dijo algo a algunos, pero no llegué a escuchar qué. Todos hicieron gestos de entendimiento. Entonces Carlos se arrimó de nuevo y me acerqué a escuchar.
-El pibe de los lentes toca muy bien. Se lo dije varias veces, pero es un boludo. No entiendo por qué se dedicó a otra cosa. Se nota que esto es lo suyo..
-Un desperdicio -acotó uno de los muchachos.
Inmediatamente, el guitarrista dejó de tocar tapando abruptamente las cuerdas con la palma de su mano. Miró hacia nuestra mesa y apuntó con un dedo. Todos enmudecieron. Y entonces, sin levantar demasiado la voz, dijo:
-Ser un desperdicio siempre depende del hombre. Y yo no soy desperdicio en ningún lado.
Se quedó mirando fijo a su interlocutor, que sólo atinó un “ok” casi susurrado. Recién entonces el de las gafas replegó su dedo desafiante y volvió a mirar a su compañero. Inmediatamente retomaron con la música. Pero el público ya no era el mismo. Algo muy denso había sobrevolado el ambiente.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Desconocidos



Se supo de alguien que conoció a un ángel y lo perdió de vista. La encontró mientras ella mostraba ese don para hacer de cualquier gesto, movimiento o palabra algo hermoso. Ofrecía la totalidad de su presencia con un parpadeo y era capaz de eternizar un momento con un reflejo de sus labios o una ola de su pelo.
El curioso quiso experimentar un beso de semejante criatura, abrazarla, conocerla, confiarse de sus encantos y sumergirse en su mirada. Pero no pudo acercarse siquiera. Desde entonces lo invadió la sensación de soledad, de sentirse siempre en el lugar equivocado. Creyó que ya no pertenecía a ningún entorno. Como si fuera un venido de un sueño ajeno.
Todavía se lo ve con la vista perdida, con una sombra en el rostro, propia de quien se siente siempre marginado. Cada tanto escudriña donde puede con la esperanza de volver a encontrar al ángel que se le perdió.