Ya no recuerdo cuál era el motivo de reunión. Sólo éramos amigos y tipos que nos conocíamos de algún otro jolgorio similar. Estábamos en la casa del primo de alguien bebiendo, fumando y hablando acerca de todo como si supiésemos algo, mientras un muchacho de gafas oscuras acompañaba con la guitarra a un cantante.
Creo que tocaban algo similar al reggae, con un estilo muy personal y mucho talento. Yo no conocía a ninguno de los dos, pero alguno de mis allegados sí. Vi que Carlos se acercó al centro de la mesa y le dijo algo a algunos, pero no llegué a escuchar qué. Todos hicieron gestos de entendimiento. Entonces Carlos se arrimó de nuevo y me acerqué a escuchar.
-El pibe de los lentes toca muy bien. Se lo dije varias veces, pero es un boludo. No entiendo por qué se dedicó a otra cosa. Se nota que esto es lo suyo..
-Un desperdicio -acotó uno de los muchachos.
Inmediatamente, el guitarrista dejó de tocar tapando abruptamente las cuerdas con la palma de su mano. Miró hacia nuestra mesa y apuntó con un dedo. Todos enmudecieron. Y entonces, sin levantar demasiado la voz, dijo:
-Ser un desperdicio siempre depende del hombre. Y yo no soy desperdicio en ningún lado.
Se quedó mirando fijo a su interlocutor, que sólo atinó un “ok” casi susurrado. Recién entonces el de las gafas replegó su dedo desafiante y volvió a mirar a su compañero. Inmediatamente retomaron con la música. Pero el público ya no era el mismo. Algo muy denso había sobrevolado el ambiente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario