Se supo de alguien que conoció a un ángel y lo perdió de vista. La encontró mientras ella mostraba ese don para hacer de cualquier gesto, movimiento o palabra algo hermoso. Ofrecía la totalidad de su presencia con un parpadeo y era capaz de eternizar un momento con un reflejo de sus labios o una ola de su pelo.
El curioso quiso experimentar un beso de semejante criatura, abrazarla, conocerla, confiarse de sus encantos y sumergirse en su mirada. Pero no pudo acercarse siquiera. Desde entonces lo invadió la sensación de soledad, de sentirse siempre en el lugar equivocado. Creyó que ya no pertenecía a ningún entorno. Como si fuera un venido de un sueño ajeno.
Todavía se lo ve con la vista perdida, con una sombra en el rostro, propia de quien se siente siempre marginado. Cada tanto escudriña donde puede con la esperanza de volver a encontrar al ángel que se le perdió.

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