El juego consistía en quién juntaba más papelitos. No era fácil, pero mantenía a los niños entretenidos. Todos los cumpleaños de Marcos se desarrollaban en torno a la búsqueda de los pequeños rectángulos de colores que el tío del pequeño cumpleañero había escondido en distintos lugares de la casa.
Los pequeños que asistíamos todos los años a esta fiesta sabíamos cuál era la tradición: en lugar de colgar una piñata, el tío de Marcos tenía golosinas y juguetes de todos los tipos, colores y tamaños y los administraba celosamente. Aquel que encontraba y juntaba la mayor cantidad de papeles se llevaba la mejor parte del botín. Uno de nosotros podía llevarse los caramelos más ricos, los chupetines más empalagosos, los bombones más grandes o los juguetes más vistosos de acuerdo a la cantidad de papelitos que le diera al petulante familiar.
Pero el tío de Marcos era un experto en esconder los benditos papeles y dedicaba gran cantidad de tiempo a disponerlos astutamente en todos los rincones de la casa. A veces daba la impresión de que él se entretenía más escondiéndolos que nosotros buscándolos. Esas hojas de colores podían estar en cualquier sitio: entre las cenizas de la parrilla, en el hueco ofrecido por dos ramas de un árbol y hasta en el barro de un charco que nunca acabó de secarse luego de la última lluvia primaveral.
Pero no sólo el amplio parque de la residencia era el lugar elegido por el tío para sembrar esos pequeños pedazos de diversión y deseo infantil. No. El tipo era tan obsesivo que calculaba con perfección de matemático doctorado la forma más efectiva de dificultarnos la tarea. Podía esconder los papeles en el interior de un jarrón sobre el mueble del living, entre las hojas ajadas de un libro viejo o hasta pegado con cinta en la parte inferior de una silla. Cualquier recoveco o espacio vacío pero impensado a la vez era útil a sus fines.
El sistema funcionaba: los 15 o 20 mocosos pasábamos horas buscando unos simples trozos de papel, mientras los 10 adultos presentes hablaban tranquilos de las “cosas de grandes”, atorándose con comida, apilando colillas de cigarrillos en el cenicero e ingiriendo litros de alcohol, alejados por un rato de la molestia de un niño quejumbroso o agotadoramente insistente en su “¡mirá pá, mirá lo que hago!”.
Cuando los amigos de Marcos -todos de 6 o 7 años, algunos nos conocíamos desde el jardín maternal- llegábamos a la fiesta, alrededor de las 14:30, sabíamos que los papeles ya estaban escondidos, porque el viejo zorro empezaba temprano con su tarea. Comíamos y tomábamos algo a las apuradas, como todo niño en un cumpleaños, y nos zambullíamos en la aventura. La búsqueda era tan encarnizada como suculento era el premio. He visto caídas riesgosas desde lo más alto de la copa de un árbol, tropezones a la corrida que hacían volar a un pequeño dos o tres metros y lastimarse rodillas, manos, codos, cara (a mí todavía me suena el pulgar por una fisura de aquellos años). He llegado a ver hasta peleas de puño entre dos pequeños. Cuando esto ocurría, alguna madre terminaba la trifulca con un grito o una nalgada a uno de los pequeños y luego le echaba una mirada severa al tío, quien encogido de hombros decía: “son chicos”. Y el juego seguía.
Marcos era el más competitivo de todos porque al ser el dueño de casa, sentía la obligación de ser quien más papelitos tuviera. Siempre era uno de los que más recolectaba, junto con Martín y Ezequiel, quienes solían hacer grandes bollos de papeles que atesoraban en sus bolsillos. Otros no eran tan buenos como ellos y juntaban la cantidad necesaria como para poder llevarse al menos una de las golosinas más sabrosas y un juguete de segunda o tercera marca. Por último, estaban los que se quedaban sin nada, los que, con suerte, llegaban a juntar dos o tres papeles. Este grupo, del que yo formaba parte, era el más numeroso pero también el más perjudicado por el juego. No han sido pocos los niños que he visto lanzar un llanto tan desconsolado que obligaba a la madre a llevárselo de vuelta a casa. Había otros que se acercaban al tío y le pedían un caramelo duro, el más feo y viejo, el que le sobrara, pero pocas veces el gran administrador de la fiesta se conmovía ante la petición.
A veces Marcos, Ezequiel o Martín le prestaban algunos papeles a estos diminutos mendigos del cumpleaños, pero siempre bajo la condición de que al año siguiente se los devolvieran. No importaba si el deudor tenía pocos y el prestamista muchos, las deudas debían saldarse, porque lo que estaba en juego no era una pavada: ¡estamos hablando de las golosinas más deliciosas y de los juguetes más pomposos!
Todos terminábamos sucios y lastimados, pero curiosamente los que buscábamos con más ahínco los esquivos papeles de colores éramos los que volvíamos a casa con las peores magulladuras, las manchas de tierra y pasto más indelebles y los ojos más llorosos. Y todo eso, para irnos con la porción más pequeña y menos deseada del botín. Mi vieja siempre me retaba cuando llegaba a casa porque mi ropa quedaba hecha un asco. “¿Vos te pensás que a mí me regalan la plata como para que vos te arruines así los pantalones?”, me decía.
Yo nunca fui hábil para ese juego, siempre juntaba muy pocos papeles o ninguno, pero lo jugaba de todas formas. Era imposible no hacerlo, porque ir al cumpleaños de Marcos y no dedicarse a la captura del codiciado tesoro era como no haber ido. No hubiera tenido sentido quedarme solo en un rincón y ver como todos mis amigos jugaban, porque el cumpleaños era eso y sólo eso: la búsqueda de los papelitos.
Hoy en día, en los pocos momentos de tranquilidad que tengo en la semana, clavo la vista en el suelo polvoriento de mi casa y sentado en una silla rotosa de las tres que tengo, mate en mano, recuerdo aquellos días. Chupo una vez la bombilla y sigo mirando hacia abajo. Juego distraídamente con uno de los agujeros del tapizado de mi asiento y vuelvo a chupar. Pienso una y otra vez en lo mismo: el tío era un tipo bastante cruel. ¿A quién se le ocurre hacer que un grupo de mocosos se pelee y arriesgue su integridad física, intelectual y psicológica por unos papelitos de porquería?

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