El tren había iniciado su viaje hacía ya 10 minutos, desde Constitución. Surcaba las vías con un andar lento y dando bamboleos, como si la máquina pudiera sentir la fatiga de cargar con el peso de tantas personas. Y es que cada vagón estaba atestado de gente. Unos pocos afortunados habían monopolizado los asientos mientras el resto nos amuchábamos por los pasillos, no sin mirar de a ratos con cierta envidia a quienes dormían sentados, mecidos en esa gran cuna que para el resto de nosotros era una jaula pequeña jaula.
El tren había iniciado su viaje hacía ya 15 minutos cuando hice un esfuerzo por sacar mi brazo del encierro entre mi cuerpo y la espalda de una estudiante de medicina. Tal era el amontonamiento, que cuando menguaban las charlas de oficina de los recién salidos del trabajo y las rabietas de algunos contra la rutina, podía escucharse un murmullo repetitivo:
-Perdón.
-No es nada.
-¡Me estás pisando!
-Disculpe.
Obreros con la bicicleta al hombro, añorando con la vista perdida la cena de la noche anterior y expectantes del plato que les esperará esta vez. Jóvenes de traje que buscaban la libertad con lo dedos listos para aflojar el nudo de la corbata. Era un viaje que se presentaba como cualquier otro cuando el tren había comenzado a andar hacía ya 20 minutos.
La máquina aceleró su marcha y el viento empezó así a colarse por las ventanillas abiertas. No era fácil ser alcanzado por una ráfaga fresca que sacudiera el espeso calor concentrado entre los viajantes. Al moverse una cabeza que tenía justo enfrente, llegué a cazar uno de esos soplos salvadores que, para mi sorpresa, llegó acompañado de un perfume femenino que me resultó familiar.
Cuando hacía ya 25 minutos que el viaje había comenzado, la fragancia me distrajo, me arrancó el pensamiento del vagón y lo llevó hacia el pasado, donde me topé con una mujer que había conocido. El problema era que no recordaba a esa mujer, pero estaba seguro de que solía usar ese perfume. Lo llevaba impregnado en la ropa, en el cuello, en ese espacio eterno detrás del lóbulo de la oreja. Donde fuera, pero tanto, que empapó con él mi memoria.
Narcotizado por ese aroma que llegó montado en una ráfaga de viento de quién sabe qué sector del tren, tuve una breve imagen de la señorita a la que me recordaba. Visualicé de inmediato las situaciones en las que había disfrutado de su fragancia. Recordé un abrazo con la nariz hundida en su cabellera, alguna caricia, y unas tantas risas. El perfume se desvaneció justo cuando mi memoria comenzaba a sazonarse en la melancolía o algo parecido. Habían pasado ya 25 minutos y unos pocos segundos de viaje. Fue un instante, una nada en el tiempo con el que se mide un día más de la rutina. Pero en esos pocos segundos, me acordé de que extrañaba a esa mujer.
El tren llegó a mi destino a los 35 minutos de haber partido de Constitución. Encendí un cigarrillo ni bien bajé y emprendí el camino a casa. Esperaba no olvidarme de recordar que tenía que extrañarla cada tanto.

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