domingo, 26 de diciembre de 2010

Desconocidos



Se supo de alguien que conoció a un ángel y lo perdió de vista. La encontró mientras ella mostraba ese don para hacer de cualquier gesto, movimiento o palabra algo hermoso. Ofrecía la totalidad de su presencia con un parpadeo y era capaz de eternizar un momento con un reflejo de sus labios o una ola de su pelo.
El curioso quiso experimentar un beso de semejante criatura, abrazarla, conocerla, confiarse de sus encantos y sumergirse en su mirada. Pero no pudo acercarse siquiera. Desde entonces lo invadió la sensación de soledad, de sentirse siempre en el lugar equivocado. Creyó que ya no pertenecía a ningún entorno. Como si fuera un venido de un sueño ajeno.
Todavía se lo ve con la vista perdida, con una sombra en el rostro, propia de quien se siente siempre marginado. Cada tanto escudriña donde puede con la esperanza de volver a encontrar al ángel que se le perdió.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Felicidades

El hecho de decir “felicidades” o “feliz Navidad” durante los días previos al 25 de diciembre no es algo ligero. Cuando alguien dice “feliz Navidad”, de alguna manera le está deseando a la otra persona que tenga una noche alegre, placentera, sin preocupaciones de ningún tipo, rodeada de sus seres queridos. Se lo desea sólo porque sabe que la noche del 24 y la madrugada del 25 se celebra la Navidad. O simplemente se celebra, da igual. Pero sólo esa noche.
Aquellos que dicen “felicidades” le desean todo eso a una persona, eternamente. Lo paradójico es la frialdad que aparenta esa palabra. Suena más institucional, más para un compañero de trabajo o alguien conocido en circunstancias impensadas. El afecto es relativo en este caso. Y a su vez, no lo es tanto en “Navidad”. Porque en esas siete letras recae siempre un halo infantil, un recuerdo feliz de las épocas más tempranas. Un momento en el que las “felicidades” lo cubrían todo.
De cualquier forma, la convención y algún sentimiento que a veces se le desprende dictan que por estas fechas, se le desea bienestar al prójimo. Felicidades.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El cruce


Era medianoche, poco antes poco después, y el silencio era ley. Las estrellas desparramadas por doquier en la inmensidad iluminaban el camino que recorría un muchacho de la zona más pobre, marginada y sometida de ese pueblo. Era un sendero polvoriento rodeado de pasto en el medio de la nada, ubicado en algún rincón de Clarksdale. Ningún hombre blanco se hubiera atrevido a caminar en tan absoluta soledad, mucho menos sabiendo cuál era el destino. Pero él lo hacía despreocupadamente.
El muchacho conocía cada detalle de esas rutas áridas, sus desvíos, sus fallas; distinguía cada hierba, cada sonido a su alrededor, como lo pudo haber hecho cualquiera que hubiera crecido en las plantaciones del sur de Mississippi donde forjó su carácter. Sabía exactamente lo que iba a buscar y no le importaba cuáles fueran las consecuencias de encontrarlo. No sentía miedo ni ansiedad, tampoco tenía urgencia por el punto de llegada. Sólo arrastraba los pies inercialmente sintiendo sobre sus hombros el peso de siglos de maltrato y sometimiento al hombre blanco, el peso de su propia vida y de su guitarra, que cargaba como un costal. Allí, en esos parajes, en ese momento, él representaba -aún sin saberlo- la desesperación y el reclamo de centenares de miles de trabajadores por una existencia mejor, más justa que la que padecían.
Este guitarrista mediocre quería lo mismo que cualquiera de sus vecinos y compañeros: salir de ese lugar al que la vida los había condenado, tener dinero, respeto y dignidad. Pero a diferencia de todos los demás, él estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo. No tenía casi nada que perder. Era hijo de una relación casual entre su madre, la de siempre, la única, y un jornalero que pasó por la plantación una vez y jamás regresó. Con ese vacío dentro se casó, pero eso sólo sirvió para consolidar su miseria. Su esposa murió junto con la hija que estaba dando a luz. La vida ya lo había desencantado hacía rato. ¿Qué más podría ocurrirle si encontrara aquello que todos temían? No mucho.
Mientras se acercaba a su destino, el muchacho escuchaba en su cabeza una y otra vez una frase que lo perturbaba, que arremetía contra todos sus anhelos, sus sueños: “es bueno, pero no tanto”. Eso decían de él los otros músicos de la región. Y dolía. Porque lo que él pudiera hacer con esa guitarra era lo que cambiaría su vida, estaba seguro. Con el paso cada vez más pesado sobre el polvo, se acercaba al lugar en el que terminaría con ese destrato.
Llegó por fin a un cruce de caminos. Se sentó en uno de los vértices de grama y comenzó a tocar algo en la guitarra. Era poca cosa, lo sabía, pero era lo mejor que podía hacer. Mientras enredaba sus dedos en las cuerdas, notó que alguien se acercaba por una de las calles. Sin detener la música, lo observó llegar. Era un hombre al que no hubiera podido describir si se lo hubiesen pedido allí mismo. El extraño se sentó frente a él y le pidió su guitarra. El muchacho se la pasó e inmediatamente sacó del bolsillo una botella con un licor fuerte. Entre tragos y admiración disfrutó de una música maravillosa, toda una orquesta de blues en un solo instrumento, acompañado por una voz aguda, penetrante como el sonido de miles de almas en pena.
La borrachera fue de las peores de su vida. Despertó cubierto de rocío y con un insoportable dolor de cabeza. Confundido, se levantó como pudo, tomó su guitarra y emprendió viaje. Nadie volvió a saber de él por dos años. Cuando volvió a aparecer por las taperas y los bares que frecuentaban los músicos de blues y los trabajadores de las plantaciones, sorprendió a todos. Vestía de traje (algo que casi ningún hombre negro podía hacer) y cargaba su guitarra con firmeza, con la seguridad de quien sabe que lo que lleva allí le pertenece por completo.
Los blueseros, aquellos que alguna vez lo vieron como un guitarrista novato, quedaron maravillados con lo que este chico había aprendido a tocar en donde sea que hubiera estado. Nadie había visto o escuchado tal destreza musical. Sus dedos tiraban enloquecidos de las cuerdas y se enroscaban de forma fascinante en una armonía imposible. Su voz apasionada sonaba como un lamento, una expresión de tristeza infinita por su vida desdichada. Era como el grito que todos hubieran querida gritar.
El muchacho recorrió los tugurios repartiendo su música. Se bañó en el respeto de sus colegas, bebió de todas las botellas y tuvo a todas las mujeres que quiso tener entre sus brazos, entre las sábanas, en rincones oscuros detrás de los bares o donde fuera. Grabó y vendió algunas de sus canciones, lo que lo llevó a tocar en lugares cada vez más populosos. Ganó lo que para cualquier hombre negro en aquel entonces era bastante dinero y lo gastó como le dio la gana.
Todos se preguntaban de dónde había salido tanto talento tan repentinamente y el muchacho les daba pistas que sólo les sacudía la imaginación. Él, mientras tanto, seguía con su rutina de féminas coleccionables y tragos pagados con talento. En ese ir y venir, llegó a un bar en el que le pagaban por tocar varias noches seguidas. El dueño era un hombre serio, bastante antipático, preocupado sólo por su negocio y su bella esposa, quien no tardó en ser seducida por el guitarrista. El dinero era importante, pero no tanto como para que abandonase su otra gran pasión.
Luego de uno de los espectáculos en aquel lugar, el muchacho se sentó a beber con su armoniquista. Llegó entonces la mesera con una botella de wishky destapada. Cortesía de la casa. Pero cuando el guitarrista atinó a beberla, su acompañante se la arrancó de la mano y lo reprendió.
-¿Estás loco? Nunca bebas de una botella que viene abierta.
El joven virtuoso tomó de vuelta su regalo y le replicó:
-Nunca vuelvas a quitarme una botella de la mano.
Tras dejar cristalino el envase, comenzó a sentirse mal. El wishky debía ser pésimo, pensó. Tres días después se supo de su muerte. Esa noche en el bar, cuando comenzó a sentir que su estómago lo quemaba y su piel ardía, no acusó al propietario de haberlo envenenado. Si bien todos comenzaron a sospechar de él, nadie pudo probar nada. Si el muchacho no lo señaló, fue porque tal vez no le importó si alguien lo había envenenado. Tal vez sólo quiso marcharse a esperar la muerte. Porque luego de haber sufrido los peores tormentos y haber gozado de unos pocos momentos para olvidarlos, sólo le faltaba eso, morir. Quizás lo sabía. Aquella noche mientras caminaba hacia el cruce de caminos, lo sabía. Cuando aquel extraño tocó su guitarra, comprendió que aquello que había ido a buscar allí tarde o temprano se esfumaría. Junto con todo lo demás.

Basado en la leyenda de Robert Johnson (1911-1938).

domingo, 12 de diciembre de 2010

El perfume


El tren había iniciado su viaje hacía ya 10 minutos, desde Constitución. Surcaba las vías con un andar lento y dando bamboleos, como si la máquina pudiera sentir la fatiga de cargar con el peso de tantas personas. Y es que cada vagón estaba atestado de gente. Unos pocos afortunados habían monopolizado los asientos mientras el resto nos amuchábamos por los pasillos, no sin mirar de a ratos con cierta envidia a quienes dormían sentados, mecidos en esa gran cuna que para el resto de nosotros era una jaula pequeña jaula.
El tren había iniciado su viaje hacía ya 15 minutos cuando hice un esfuerzo por sacar mi brazo del encierro entre mi cuerpo y la espalda de una estudiante de medicina. Tal era el amontonamiento, que cuando menguaban las charlas de oficina de los recién salidos del trabajo y las rabietas de algunos contra la rutina, podía escucharse un murmullo repetitivo:
-Perdón.
-No es nada.
-¡Me estás pisando!
-Disculpe.
Obreros con la bicicleta al hombro, añorando con la vista perdida la cena de la noche anterior y expectantes del plato que les esperará esta vez. Jóvenes de traje que buscaban la libertad con lo dedos listos para aflojar el nudo de la corbata. Era un viaje que se presentaba como cualquier otro cuando el tren había comenzado a andar hacía ya 20 minutos.
La máquina aceleró su marcha y el viento empezó así a colarse por las ventanillas abiertas. No era fácil ser alcanzado por una ráfaga fresca que sacudiera el espeso calor concentrado entre los viajantes. Al moverse una cabeza que tenía justo enfrente, llegué a cazar uno de esos soplos salvadores que, para mi sorpresa, llegó acompañado de un perfume femenino que me resultó familiar.
Cuando hacía ya 25 minutos que el viaje había comenzado, la fragancia me distrajo, me arrancó el pensamiento del vagón y lo llevó hacia el pasado, donde me topé con una mujer que había conocido. El problema era que no recordaba a esa mujer, pero estaba seguro de que solía usar ese perfume. Lo llevaba impregnado en la ropa, en el cuello, en ese espacio eterno detrás del lóbulo de la oreja. Donde fuera, pero tanto, que empapó con él mi memoria.
Narcotizado por ese aroma que llegó montado en una ráfaga de viento de quién sabe qué sector del tren, tuve una breve imagen de la señorita a la que me recordaba. Visualicé de inmediato las situaciones en las que había disfrutado de su fragancia. Recordé un abrazo con la nariz hundida en su cabellera, alguna caricia, y unas tantas risas. El perfume se desvaneció justo cuando mi memoria comenzaba a sazonarse en la melancolía o algo parecido. Habían pasado ya 25 minutos y unos pocos segundos de viaje. Fue un instante, una nada en el tiempo con el que se mide un día más de la rutina. Pero en esos pocos segundos, me acordé de que extrañaba a esa mujer.
El tren llegó a mi destino a los 35 minutos de haber partido de Constitución. Encendí un cigarrillo ni bien bajé y emprendí el camino a casa. Esperaba no olvidarme de recordar que tenía que extrañarla cada tanto.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Papelitos



El juego consistía en quién juntaba más papelitos. No era fácil, pero mantenía a los niños entretenidos. Todos los cumpleaños de Marcos se desarrollaban en torno a la búsqueda de los pequeños rectángulos de colores que el tío del pequeño cumpleañero había escondido en distintos lugares de la casa.
Los pequeños que asistíamos todos los años a esta fiesta sabíamos cuál era la tradición: en lugar de colgar una piñata, el tío de Marcos tenía golosinas y juguetes de todos los tipos, colores y tamaños y los administraba celosamente. Aquel que encontraba y juntaba la mayor cantidad de papeles se llevaba la mejor parte del botín. Uno de nosotros podía llevarse los caramelos más ricos, los chupetines más empalagosos, los bombones más grandes o los juguetes más vistosos de acuerdo a la cantidad de papelitos que le diera al petulante familiar.
Pero el tío de Marcos era un experto en esconder los benditos papeles y dedicaba gran cantidad de tiempo a disponerlos astutamente en todos los rincones de la casa. A veces daba la impresión de que él se entretenía más escondiéndolos que nosotros buscándolos. Esas hojas de colores podían estar en cualquier sitio: entre las cenizas de la parrilla, en el hueco ofrecido por dos ramas de un árbol y hasta en el barro de un charco que nunca acabó de secarse luego de la última lluvia primaveral.
Pero no sólo el amplio parque de la residencia era el lugar elegido por el tío para sembrar esos pequeños pedazos de diversión y deseo infantil. No. El tipo era tan obsesivo que calculaba con perfección de matemático doctorado la forma más efectiva de dificultarnos la tarea. Podía esconder los papeles en el interior de un jarrón sobre el mueble del living, entre las hojas ajadas de un libro viejo o hasta pegado con cinta en la parte inferior de una silla. Cualquier recoveco o espacio vacío pero impensado a la vez era útil a sus fines.
El sistema funcionaba: los 15 o 20 mocosos pasábamos horas buscando unos simples trozos de papel, mientras los 10 adultos presentes hablaban tranquilos de las “cosas de grandes”, atorándose con comida, apilando colillas de cigarrillos en el cenicero e ingiriendo litros de alcohol, alejados por un rato de la molestia de un niño quejumbroso o agotadoramente insistente en su “¡mirá pá, mirá lo que hago!”.
Cuando los amigos de Marcos -todos de 6 o 7 años, algunos nos conocíamos desde el jardín maternal- llegábamos a la fiesta, alrededor de las 14:30, sabíamos que los papeles ya estaban escondidos, porque el viejo zorro empezaba temprano con su tarea. Comíamos y tomábamos algo a las apuradas, como todo niño en un cumpleaños, y nos zambullíamos en la aventura. La búsqueda era tan encarnizada como suculento era el premio. He visto caídas riesgosas desde lo más alto de la copa de un árbol, tropezones a la corrida que hacían volar a un pequeño dos o tres metros y lastimarse rodillas, manos, codos, cara (a mí todavía me suena el pulgar por una fisura de aquellos años). He llegado a ver hasta peleas de puño entre dos pequeños. Cuando esto ocurría, alguna madre terminaba la trifulca con un grito o una nalgada a uno de los pequeños y luego le echaba una mirada severa al tío, quien encogido de hombros decía: “son chicos”. Y el juego seguía.
Marcos era el más competitivo de todos porque al ser el dueño de casa, sentía la obligación de ser quien más papelitos tuviera. Siempre era uno de los que más recolectaba, junto con Martín y Ezequiel, quienes solían hacer grandes bollos de papeles que atesoraban en sus bolsillos. Otros no eran tan buenos como ellos y juntaban la cantidad necesaria como para poder llevarse al menos una de las golosinas más sabrosas y un juguete de segunda o tercera marca. Por último, estaban los que se quedaban sin nada, los que, con suerte, llegaban a juntar dos o tres papeles. Este grupo, del que yo formaba parte, era el más numeroso pero también el más perjudicado por el juego. No han sido pocos los niños que he visto lanzar un llanto tan desconsolado que obligaba a la madre a llevárselo de vuelta a casa. Había otros que se acercaban al tío y le pedían un caramelo duro, el más feo y viejo, el que le sobrara, pero pocas veces el gran administrador de la fiesta se conmovía ante la petición.
A veces Marcos, Ezequiel o Martín le prestaban algunos papeles a estos diminutos mendigos del cumpleaños, pero siempre bajo la condición de que al año siguiente se los devolvieran. No importaba si el deudor tenía pocos y el prestamista muchos, las deudas debían saldarse, porque lo que estaba en juego no era una pavada: ¡estamos hablando de las golosinas más deliciosas y de los juguetes más pomposos!
Todos terminábamos sucios y lastimados, pero curiosamente los que buscábamos con más ahínco los esquivos papeles de colores éramos los que volvíamos a casa con las peores magulladuras, las manchas de tierra y pasto más indelebles y los ojos más llorosos. Y todo eso, para irnos con la porción más pequeña y menos deseada del botín. Mi vieja siempre me retaba cuando llegaba a casa porque mi ropa quedaba hecha un asco. “¿Vos te pensás que a mí me regalan la plata como para que vos te arruines así los pantalones?”, me decía.
Yo nunca fui hábil para ese juego, siempre juntaba muy pocos papeles o ninguno, pero lo jugaba de todas formas. Era imposible no hacerlo, porque ir al cumpleaños de Marcos y no dedicarse a la captura del codiciado tesoro era como no haber ido. No hubiera tenido sentido quedarme solo en un rincón y ver como todos mis amigos jugaban, porque el cumpleaños era eso y sólo eso: la búsqueda de los papelitos.
Hoy en día, en los pocos momentos de tranquilidad que tengo en la semana, clavo la vista en el suelo polvoriento de mi casa y sentado en una silla rotosa de las tres que tengo, mate en mano, recuerdo aquellos días. Chupo una vez la bombilla y sigo mirando hacia abajo. Juego distraídamente con uno de los agujeros del tapizado de mi asiento y vuelvo a chupar. Pienso una y otra vez en lo mismo: el tío era un tipo bastante cruel. ¿A quién se le ocurre hacer que un grupo de mocosos se pelee y arriesgue su integridad física, intelectual y psicológica por unos papelitos de porquería?