Era medianoche, poco antes poco después, y el silencio era ley. Las estrellas desparramadas por doquier en la inmensidad iluminaban el camino que recorría un muchacho de la zona más pobre, marginada y sometida de ese pueblo. Era un sendero polvoriento rodeado de pasto en el medio de la nada, ubicado en algún rincón de Clarksdale. Ningún hombre blanco se hubiera atrevido a caminar en tan absoluta soledad, mucho menos sabiendo cuál era el destino. Pero él lo hacía despreocupadamente.
El muchacho conocía cada detalle de esas rutas áridas, sus desvíos, sus fallas; distinguía cada hierba, cada sonido a su alrededor, como lo pudo haber hecho cualquiera que hubiera crecido en las plantaciones del sur de Mississippi donde forjó su carácter. Sabía exactamente lo que iba a buscar y no le importaba cuáles fueran las consecuencias de encontrarlo. No sentía miedo ni ansiedad, tampoco tenía urgencia por el punto de llegada. Sólo arrastraba los pies inercialmente sintiendo sobre sus hombros el peso de siglos de maltrato y sometimiento al hombre blanco, el peso de su propia vida y de su guitarra, que cargaba como un costal. Allí, en esos parajes, en ese momento, él representaba -aún sin saberlo- la desesperación y el reclamo de centenares de miles de trabajadores por una existencia mejor, más justa que la que padecían.
Este guitarrista mediocre quería lo mismo que cualquiera de sus vecinos y compañeros: salir de ese lugar al que la vida los había condenado, tener dinero, respeto y dignidad. Pero a diferencia de todos los demás, él estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo. No tenía casi nada que perder. Era hijo de una relación casual entre su madre, la de siempre, la única, y un jornalero que pasó por la plantación una vez y jamás regresó. Con ese vacío dentro se casó, pero eso sólo sirvió para consolidar su miseria. Su esposa murió junto con la hija que estaba dando a luz. La vida ya lo había desencantado hacía rato. ¿Qué más podría ocurrirle si encontrara aquello que todos temían? No mucho.
Mientras se acercaba a su destino, el muchacho escuchaba en su cabeza una y otra vez una frase que lo perturbaba, que arremetía contra todos sus anhelos, sus sueños: “es bueno, pero no tanto”. Eso decían de él los otros músicos de la región. Y dolía. Porque lo que él pudiera hacer con esa guitarra era lo que cambiaría su vida, estaba seguro. Con el paso cada vez más pesado sobre el polvo, se acercaba al lugar en el que terminaría con ese destrato.
Llegó por fin a un cruce de caminos. Se sentó en uno de los vértices de grama y comenzó a tocar algo en la guitarra. Era poca cosa, lo sabía, pero era lo mejor que podía hacer. Mientras enredaba sus dedos en las cuerdas, notó que alguien se acercaba por una de las calles. Sin detener la música, lo observó llegar. Era un hombre al que no hubiera podido describir si se lo hubiesen pedido allí mismo. El extraño se sentó frente a él y le pidió su guitarra. El muchacho se la pasó e inmediatamente sacó del bolsillo una botella con un licor fuerte. Entre tragos y admiración disfrutó de una música maravillosa, toda una orquesta de blues en un solo instrumento, acompañado por una voz aguda, penetrante como el sonido de miles de almas en pena.
La borrachera fue de las peores de su vida. Despertó cubierto de rocío y con un insoportable dolor de cabeza. Confundido, se levantó como pudo, tomó su guitarra y emprendió viaje. Nadie volvió a saber de él por dos años. Cuando volvió a aparecer por las taperas y los bares que frecuentaban los músicos de blues y los trabajadores de las plantaciones, sorprendió a todos. Vestía de traje (algo que casi ningún hombre negro podía hacer) y cargaba su guitarra con firmeza, con la seguridad de quien sabe que lo que lleva allí le pertenece por completo.
Los blueseros, aquellos que alguna vez lo vieron como un guitarrista novato, quedaron maravillados con lo que este chico había aprendido a tocar en donde sea que hubiera estado. Nadie había visto o escuchado tal destreza musical. Sus dedos tiraban enloquecidos de las cuerdas y se enroscaban de forma fascinante en una armonía imposible. Su voz apasionada sonaba como un lamento, una expresión de tristeza infinita por su vida desdichada. Era como el grito que todos hubieran querida gritar.
El muchacho recorrió los tugurios repartiendo su música. Se bañó en el respeto de sus colegas, bebió de todas las botellas y tuvo a todas las mujeres que quiso tener entre sus brazos, entre las sábanas, en rincones oscuros detrás de los bares o donde fuera. Grabó y vendió algunas de sus canciones, lo que lo llevó a tocar en lugares cada vez más populosos. Ganó lo que para cualquier hombre negro en aquel entonces era bastante dinero y lo gastó como le dio la gana.
Todos se preguntaban de dónde había salido tanto talento tan repentinamente y el muchacho les daba pistas que sólo les sacudía la imaginación. Él, mientras tanto, seguía con su rutina de féminas coleccionables y tragos pagados con talento. En ese ir y venir, llegó a un bar en el que le pagaban por tocar varias noches seguidas. El dueño era un hombre serio, bastante antipático, preocupado sólo por su negocio y su bella esposa, quien no tardó en ser seducida por el guitarrista. El dinero era importante, pero no tanto como para que abandonase su otra gran pasión.
Luego de uno de los espectáculos en aquel lugar, el muchacho se sentó a beber con su armoniquista. Llegó entonces la mesera con una botella de wishky destapada. Cortesía de la casa. Pero cuando el guitarrista atinó a beberla, su acompañante se la arrancó de la mano y lo reprendió.
-¿Estás loco? Nunca bebas de una botella que viene abierta.
El joven virtuoso tomó de vuelta su regalo y le replicó:
-Nunca vuelvas a quitarme una botella de la mano.
Tras dejar cristalino el envase, comenzó a sentirse mal. El wishky debía ser pésimo, pensó. Tres días después se supo de su muerte. Esa noche en el bar, cuando comenzó a sentir que su estómago lo quemaba y su piel ardía, no acusó al propietario de haberlo envenenado. Si bien todos comenzaron a sospechar de él, nadie pudo probar nada. Si el muchacho no lo señaló, fue porque tal vez no le importó si alguien lo había envenenado. Tal vez sólo quiso marcharse a esperar la muerte. Porque luego de haber sufrido los peores tormentos y haber gozado de unos pocos momentos para olvidarlos, sólo le faltaba eso, morir. Quizás lo sabía. Aquella noche mientras caminaba hacia el cruce de caminos, lo sabía. Cuando aquel extraño tocó su guitarra, comprendió que aquello que había ido a buscar allí tarde o temprano se esfumaría. Junto con todo lo demás.
Basado en la leyenda de Robert Johnson (1911-1938).